Jorge Díaz Gallardo: Paseo por una ciudad infectada

Crónica no es sólo la narración de un hecho, sino la búsqueda de un régimen de luz por el cual observar una parte oculta de una misma situación. Es un cambio de enfoque, un extrañamiento frente a lo acontecido. La crónica de una ciudad, en este sentido, es la búsqueda de nuevos regímenes de luz bajo la guía del extrañamiento. Walter Benjamin sabía muy bien esto. Él sabía que para conocer una ciudad había que perderse entre sus calles[1], caminarlas, subvertir la imagen preconcebida que las oficinas de turismo, las autoridades o, incluso, los propios ciudadanos, han diseñado para una amable exposición de su ciudad.

Todos aquellos que se han dejado llevar por esta inclinación hacia la subversión de las imágenes preconcebidas de la ciudad, saben que la ciudad se presenta como un prisma policromático, un engañoso cristal que persuade a confiar en su ser traslúcido, pero que al ser atravesado por una luz diferente, por otro régimen, expone lo que permanecía oculto. Así, las grandes urbes ocultan gran pobreza, las iglesias desvían la atención de la degradación moral y la hipocresía, las fiscalías, el senado, las oficinas del ayuntamiento pretenden diseñar una imagen confianzuda de la seguridad, de la aplicación de la justicia y la democracia. Y, en suma, los espacios de los que más se ufana una ciudad, esconden una gran explotación. Nuevamente retornamos a un conocimiento benjaminiano: “un documento de cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie”[2]. Contrasentidos en la construcción de la imagen de la ciudad. Pero, si esto sucede en la situación habitual de una ciudad, ¿qué ocurre cuando es atravesada por una infección?, ¿qué ocurre cuando una fuerza invisible e incontrolable se desliza entre las calles de una ciudad y la obliga a parar, a detener su actividad?, ¿qué ocurre – por decirlo de algún modo – cuando un virus pone en “coma” a una ciudad?

Pensar a la ciudad como un organismo que sucumbe, que entra en un estado de inmovilidad, nos permite preguntarnos si este organismo es incapaz de hacerle frente a una situación como la antes descrita; entonces, y de manera general, preguntamos: ¿la ciudad puede combatir la diseminación de un virus sin afectar su propio funcionamiento?  Para responder a estas interrogantes se nos presentan dos vías: 1) la vía de los mecanismos por los cuales la soberanía organiza la vida, es decir, el ejercicio del “hacer vivir y dejar morir”[3]; y, 2) la vía de la búsqueda de un nuevo régimen de luz, esto es, la crónica.

La primera está saturada, impide reflexionar, pues continua con la imagen paternalista del poder soberano, que explica lo que sucede, que dice qué hacer y cómo hacerlo, que pone tiempos y horarios y que, según la evolución de la situación de la diseminación del virus, ejercerá todas sus fuerzas para combatir este hecho, incluso suspender temporalmente los derechos de los individuos. La segunda, en cambio, revela que la ciudad es un complejo organismo, no un todo que determina las partes, sino partes que determinan el todo, ya que los cuerpos y el espacio que habitan están indisolublemente entrelazados. Su actuar está determinado por lo que Judtih Butler llama “lo infraestructural”[4], por lo que si se atenta contras las condiciones infraestructurales, se atenta contra los cuerpos. Ante esto, tomemos esta última vía, aunque inmediatamente se presenta una dificultad, ¿cómo realizar una crónica sobre la ciudad desde el encierro?

Durante los últimos años, los museos se han servido de recorridos virtuales a través de sus salas para todos aquellos que, por el motivo que sea, les es imposible asistir de manera presencial a sus recintos; también han servido como un medio para aquellos estudiosos o amantes del arte, así como para “compensar” las excesivas restricciones de algunos museos de no permitir fotografías. Parece que en los llamados “tiempos del COVID-19”, una crónica virtual resulta un medio adecuado, aunque no por el hecho de que impere un terror al contacto externo o porque se posean las condiciones para un encierro indefinido, sino simplemente porque es de esa manera que en estos momentos se están diseñando las imágenes de la ciudad.

Por la Internet fotografías de grandes ciudades como Berlín, Venecia, New York, Madrid, Buenos Aires o la Ciudad de México exponen espacios solitarios; los grandes centros del bullicio acallados, mudos; los grandes espacios de interacción abandonados, ausentes; como si con estas imágenes buscara mostrarse la parálisis en la que han caído las ciudades, como si con ellas se vaticinara o advirtiera algo inaudito. Pero, como bien saben los fotógrafos, en una imagen se busca resaltar algo entre diversos elementos, es decir, una imagen deja fuera algo para mostrar otra cosa, al mismo tiempo que revela, oculta. Entonces, ¿qué ocultan esas fotografías?

En México, las fotografías ocultan poco: por un lado, algunas muestran los escenarios antes descritos; mientras que, por otro, exponen una ya conocida indiferencia y relajamiento de los mexicanos frente a situaciones de este tipo, por lo que no dudan al captar personas vacacionando en las playas, celebrando en grandes reuniones, trabajando u obligando a trabajar “a pesar de lo dictado por el gobierno”, “a pesar de la situación de contagio”, “a pesar del peligro”, etcétera. En palabras simples, las fotografías o, mejor dicho, las cámaras, captan gente en la calle “a pesar de…”. Porque en el caso de México las cosas no se detienen “a pesar de…”, tan sólo las noticias por asesinatos y feminicidios en estos últimos días han continuado sin ningún reparo en la enfermedad. Porque en el caso de México persiste una enfermedad mucho más cruel y antigua, la cual, continua y constantemente, atenta contra las condiciones infraestructurales de los cuerpos: la delincuencia, sea está organizada o no.

Pensados de manera fría e impersonal, los daños provocados por el COVID-19, las muertes acontecidas y por venir, no se comparan en nada frente a las repercusiones de la delincuencia en la sociedad, son solamente un hecho natural, lo cual, sin embargo, no les resta importancia. La diferencia reside en el agente que provoca el daño. La muerte de una persona a causa de una enfermedad o por la mano de otro no minimiza la muerte, pero sí las reacciones frente a ella, sí las motivaciones del duelo, sí la ira que proviene de este hecho y, sobre todo, sí las acciones que se busquen emprender a partir de ese momento[5]. Uno no puede desear vengarse o exigir justicia de una fuerza de la naturaleza, no pude lastimarla, sea a ella o algún dios al que se culpe por la muerte de un ser querido, pero esto cambia cuando quien trae la muerte es otro individuo[6].

También el objeto del miedo cambia. Uno no teme de la misma forma un virus que a un individuo desconocido que en cualquier momento, en cualquier lugar y por cualquier motivo, termine con nuestra vida. Este miedo atenta de manera más determinante contra lo infraestructural, pues la libertad, y con ella, todos los derechos que se le desprenden, necesitan de ciertas condiciones para su ejercicio, por ejemplo, el libre tránsito depende de que exista un espacio transitable. Pero en México la delincuencia ha atentando contra lo infraestructural desde hace muchos años, de ahí que la gente tema salir a la calle, porque en esa situación salir “a pesar de…” sí parece un acto inconcebible. Y, entonces, la situación cambia, se convierte en un “tener que salir a pesar de…”, tener que salir a trabajar “a pesar de…”, tener que salir a estudiar “a pesar de…”, tener que salir al hospital “a pesar de…”, tener que vivir a pesar de que nos vayan a matar.

Pasear por una ciudad infectada es algo que miles de mexicanos tienen que afrontar y padecer día con día, una infección que se agudiza dependiendo tu clase social, tu color de piel, tu edad o tu género, una infección que selecciona; pero que también es azarosa, ya que en México no se necesita ser específicamente alguien para ser víctima de la violencia, sino víctima de un cliché: “estuvo en el momento y lugar equivocado”.

Por ello, el asunto no reside exclusivamente en pensar durante el COVID-19, sino en el después de…, ya que desde este momento podemos notar la gravedad de las repercusiones económicas en la sociedad: despidos generalizados e injustificados, negación anticonstitucional al pago de los empleados durante la cuarentena, aumento desproporcionado en el precio de los víveres, cierre permanente de establecimientos, entre muchas otras. Lo económico, si bien no es el único factor a considerar, si conforma un punto estructural en el aumento de la delincuencia y la violencia, por lo que la cuestión más difícil ante esta situación es saber si México podrá hacerle frente a la intensificación del estado crónico en el que se encuentra desde hace años.


[1] Cfr. Benjamin, Walter. Infancia en Berlín hacia 1900. Traducción de Klaus Wagner. Alfaguara: Madrid, 1982, p. 15.

[2] Cfr. Benjamin, Walter. “Sobre el concepto de historia”. En: Benjamin, Walter. Escritos Políticos (167-181). Introducción y selección de Ana Useros y César Renduelles. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz y Jorge Navarro Pérez. Abada editores: Madrid, 2012, p.172.

[3] Cfr. Foucault, Michel. Defender la sociedad. Curso en el College de France (1975-1976). Traducción de Horacio Pons. FCE: Argentina, 2000,  p.223.

[4] Cfr. Butler, Judith. “Repensar la vulnerabilidad y la resistencia”. En: Butler, Judith. Resistencias. Repensar la vulnerabilidad y repetición (21-51). Paradiso Editores: México, 2018, pp. 27 – 31.

[5] Cfr. Butler, Judith. “Violencia, luto y política”. Íconos: Revista de Ciencias Sociales, No. 17, septiembre, 2003, pp. 83- 85.

[6] Cfr. Nussbaum, C. Martha. La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia. Traducción de Víctor Altamirano. México: FCE, 2018, pp. 42, 43, 49-57.

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